jueves, 28 de junio de 2012

35 días


                 
            Esa manía por poner fecha, por hacer de todo un número. Pasaron 12 días, 34 días, 129 días, 230 días, 364 días.
               
 Le ponemos a todo un número. Hacemos analogías idiotas como “9 meses, un embarazo” o  “18 años, un adulto”.
               
             Ponemos número, días y horas, como si eso fuera a alivianar el dolor.
              
            Cada día me duele como el primero.

Todos los días me levanto de la misma manera con una esperanza que se desvanece en los primeros 2 minutos, antes de que pueda abrir bien los ojos.

Todos los días me acuesto de la misma manera con una tristeza y un dolor que me lastima, duermo así, despertándome a cada rato porque la culpa o no sé qué que me dice que no duerma, que si volves me vas a encontrar durmiendo, como resignada.
                 
             A veces escucho un ruido imagino que sos vos, en realidad se que es el viento y mi persiana rota pero me gusta mantener los ojos cerrados sólo para sonreír un rato.
                 
             Si volves no me dormí hace mucho. Te estoy esperando, sólo que mi cuerpo no sigue el ritmo de mi alma. Ella siempre está dispuesta, despierta y atenta, mi cuerpo es más frágil, sufre el cansancio, las jaquecas y otras tantas mierdas.
                 
           Si acaso llegas y me ves dormida sabe que voy a estar soñando que al levantarme vas a estar sentado, leyendo el diario, con dos medialunas esperándome. Así que si llegas, esperame.
               

lunes, 25 de junio de 2012

Un abrazo.

    Y cada tanto uno necesita un abrazo profundo en el alma. Un abrazo que muchas veces no encontramos entonces buscamos el chocolate no tanto porque creamos que sea el "remedio para el alma", sino porque lo venden en los kioscos, o pasar todo el día en pijama porque lo vimos en una pelicula yankee o peor aún escuchar música que te haga feliz.
     Pero bueno, igual con todo eso, nos sigue faltando siempre lo mismo: un abrazo profundo en el alma.



un abrazo profundo en el alma

domingo, 17 de junio de 2012

Tercer domingo de junio.


Cuando un niño agarra por primera vez el dedo de su padre, lo tiene atado para siempre.


            Hace más de 20 años que te recibiste, que te ganaste el título ¡Felicidades!
¿Será verdad? ¿Tendré tu dedo agarrado para siempre? ¿Lo abre agarrado alguna vez?
            Mi hermana me despierta acelerada: ¡Dale nena!, me grita con sus 15 años, 15 años no de ahora, los de antes, lo de los 90. Ese nena de programa de Cris Morena todavía resuena en mi cabeza. Para ella era súper canchero, para mis viejos irritable, para mi admirable.
            Me baja por las escalaras casi a los empujones, me apura, para mí el tiempo no tiene mucho sentido todavía yo tengo recién 8 años. Miro la cocina con intención de sentarme en la mesa, así como cada mañana antes de ir al colegio, dispuesta a tomar el líquido que me pongan en la tasa y salir.
            Pero esta vez hay algo distinto. Está mi hermano exprimiendo naranjas “¿Qué estará haciendo me pregunto? Me dan ordenes los dos, mi hermana con sus 15 lleva la batuta y mi hermano con sus 13 delega las ordenes a mí, igual bajito para que la policía quinceañera no nos escuche. 
            Escribí tu nombre en el dibujo”. No hacía falta ese garabato tenía ya mi nombre en cada trazo, y con cada línea infantil había dicho mucho más que de lo que hoy puedo decir en una carta.
            Mi hermana parecía grande ese día, mi hermano parecía serio. Éramos una empresa, una empresa familiar.
            Vi la carta que le había hecho mi hermana, llena de palabras, me aburría. Mi hermano otra vez lo mismo, una historieta que poco tiene que ver con ser padre o ser hijo, sólo de humor. ¡Cuánto dirían estas cosas en un futuro!
            El jugo estaba terminado, parecía rico, quise probarlo, no me dejaron. Los dos gritaron; ¡No! No es para vos…” Yo lo sabía eso, pero sólo quería un poquito un poquitito.
            Ahí estaba terminado. La bandeja: con un vaso de jugo recién exprimido, un café, una porción de torta comprada especialmente, medialunas, bombones (no se en que lógica estaba basado ese desayuno), y tres cartas. El dibujo, el comic, y la carta propiamente dicha.
            Nos miramos como orgullosos de nosotros mismo, nos hicimos señas de ser sigilosos, agarramos una bolsa que nos dio mi mamá, después me enteraría que tenía un sweater, que aburrido pensé en ese momento; siempre que alguien me regalaba ropa a esa edad me parecía anticuado.
            Subimos en silencio, ahora que recuerdo los escuche hablar, abrimos la puerta al grito de ¡Feliz día!. Ambos parecían dormidos después con los años también me enteraría que esa fue una de las primeras actuaciones de las tantas que vendrían.

¡Feliz día padres!

sábado, 16 de junio de 2012

Oscuridad




Te conté alguna vez de mi miedo a la oscuridad....

Duermo con la luz prendida hace ya casi 10 años. Me da miedo la oscuridad; no imagino monstruos, ni asesinos, ni fantasmas. Tampoco imagino nenes cuasi acróbatas de película japonesa, no, tampoco eso.

            Imagino… la puta oscuridad me da esperanza, me da falsas ilusiones. Me llena de la felicidad que me armo en la cabeza, ahí sí que todo es perfecto.

            La oscuridad pero la de verdad, esa que no sabes si tenes los ojos abiertos o cerrados, y no importa, porque es igual. Esa ausencia de luz me da la sensación de que con la claridad de un rayito de luminosidad va a estar todo acomodado, como espero algún día que el tiempo lo haga.

            Me da miedo la oscuridad porque sé, en el fondo te juro que lo sé, que las cosas no se van a acomodar así, y eso me llena de miedo.

"¡Che! ¿Quién apago la luz del pasillo? ¡Prendela!"





sábado, 9 de junio de 2012

Llama


Llamame.

Llamame que no te voy a atender.

Llamame que te voy a atender y te voy a cortar.

Llamame que te voy a atender pero te voy a hablar poco.

Llamame que te voy a atender y te voy a rechazar la invitación.

Llamame que voy a aceptar tu invitación pero no voy a ir.

Llamame que voy a ir a donde me invites pero voy a llegar tarde.

Llamame que voy a estar temprano en el lugar que me digas pero enojada.

Llamame que voy a ir enojada al lugar y no te voy a contestar nada.

Llamame que te voy a dar respuestas, las más crueles que vas a escuchar.

Llamame que mis respuestas no van a ser crueles, van a ser honestas.

Llamame que después de que hable vas necesitar un abrazo y no te lo voy a dar.

Llamame que te voy a dar el abrazo pero el más frío que te van a dar en tu vida.

Llamame que nos vamos a abrazar pero con dolor.

Llamame que te voy a abrazar fuerte, y te voy a pedir que no me sueltes; que no me dejes, que me acompañes siempre y voy a decirte las palabras más tiernas y frágiles que me salgan.

Pero por favor… Llamame.

Motivos.

Dame un motivo.

Todas las mañanas me levanto pensando, va mentira, nunca me levanto pensando. No pienso.
Cada tanto, cada una hora, cada 43 minutos, cada 2, se me pasa por la cabeza la misma puta escena.
¿Dónde estas? ¿Dónde estamos? ¿Qué paso? ¿Quién paso?
No lo sé, no tengo respuestas para nada. Ni para eso, ni para el por qué, ni para el dónde, ni para tantas cosas que hoy me molestan cuando me acuesto a dormir; cuando duermo sobría por supuesto.
7 días, no se cuantas horas, y bla bla bla. En todo ese tiempo, que supungo que es mucho, busco motivos.
No encuentro.
¿Hay motivos?
No lo sé.
Busco motivos para llamarte, imagino situaciones:
"Hola... ¿Cómo estas? Te extraño" o la menos real, pero tal vez la que puede tener más impulso y algún día salir de mi cabeza: "Hola... ¿Cómo estas? Andate a la puta que te pario"
Ninguna ocurre.
Ninguna va a ocurrir.
No porque no encuentre motivos. Siempre hay: el amor, el odio, el enojo, la necesidad... no, no por eso.
Sino porque tengo miedo. Miedo a que yo encuentre motivos para llamarte y vos no encuentres motivos para atenderme.

miércoles, 30 de mayo de 2012

Llena el vacio




Las mudanzas también tienen ese no se que… esperanzador.
Esa sensación que te llena de ilusión, como si de repente, pudieras vaciar todo, borrar todo, limpiar todo, tirar algunas cosas como el asesino perfecto sin que queden recuerdos, resaltar algunas otras aunque sea una medalla de “premio al esfuerzo” y así arrancar de nuevo.
      Un lugar vacio. Sin nada. Tu voz hace eco. Hace frió. El piso brilla y la manija tiene pinta de que todavía no te conoce, no sabe que dentro de poco le vas a dar los portazos más molestos y más lindos que vienen con ser joven.
      El placard no tiene nada, ni suciedad. La ventana está limpia, tan limpia que cuando miras a través de ella no te lleva a ningún lugar.
      Te sentas en el lugar donde supones o queres que en algún momento este tu cama. Miras las paredes e imaginas los cuadros que jamás vas a comprar, primero por vagancia, después por poco presupuesto. Visualizas la cama desarmada, la radio prendida fuerte, tu computadora apoyada en el escritorio al lado de una taza de café de la mañana, y respiras.
      Respiras porque supones que falta poco para que ese lugar vacio se haga tu lugar. Y con ese hacerse tu lugar te llenas de esperanzas que ese lugar sea un poco el lugar de la persona que queres ser y no de la persona que fuiste… y la que lamentablemente sos.