"¿Y la gente cree que con esa boludes del blog cambia algo?"
Esa suavidad de madre, esa sutileza de persona que ya abandono la juventud y hoy la mira con recelo. Son "inmigrantes de la tecnología", y si... les duele.
Somos nativos de un mundo globalizado, y ellos que escucharon a Lennon hablar de un mundo sin países esperan que ahora, que estamos "cerca" lleguemos a la paz, y aca nos ven, todo el día en facebook.
Yo también me indignaría, llegas tarde a la mesa y no, no compartiste el mundo, compartiste un post de 9gag. ¡Y para colmo no hay nada más boludo que compartir un post de 9gag!
Bienvenidos al mundo 2.0, odienlo con nosotros, pero pongan "me gusta" en todos lados, esa es la linda hipocrecia 2.0.
miércoles, 21 de marzo de 2012
lunes, 19 de marzo de 2012
sábado, 17 de marzo de 2012
20 años
En 1992 un hijo de puta quiso arrancar 29 vidas.
No querían placas, ni monumentos, ni tilos; querían vivir.
20 años después solo hay memoria,29 merecen verdad y justicia.
20 años después solo hay memoria,29 merecen verdad y justicia.
jueves, 15 de marzo de 2012
Como un perro dando bola
Quien te dice que mañana
no estoy sentada tomando un mate, y todo esto, todo, inclusive las cosas más
lejanas, sean un recuerdo, un mal recuerdo.
Un día construyo un
árbol, otro día un nene con un barrilete, una casa con un perro en el frente,
tres patos, un cilindro, y todo eso porque ya no construyo mi vida.
Un perro caminaba
tranquilo, se cruzo conmigo y lloro, lloro con lagrimas como lloramos nosotros
los humanos, los sensibles, lloro y me dijo, si solo con ojos, “tranquila, no
tengas miedo, todo pasa”. El perro siguió con su camino, yo me frene, fume una
pitada más de tabaco, lo tire al piso, respire hondo y lo pise.
Intente pensar un segundo
lo que acababa de pasar, me refregué los ojos, mire para los dos lados y cruce
la calle, y comencé a caminar, con un ritmo tranquilo, relajado, sereno, para
el otro lado.
Mire el semáforo, me
indicaba que frene, los autos no pasaban, otra vez dude sobre qué hacer:
¿respetar? ¿A quién si no pasa nadie? Aproveche el tiempo de duda y mire para
atrás, el perro no estaba, la calle vacía, cruce.
Pase por el kiosco de
siempre, el de diarios y revistas, el de siempre, le sonreí a Cacho, mire las
revistas, nada interesante, estaba una que tenía en la tapa a un ex Beatle,
tantee mis bolsillos, no había suficiente ni para un caramelo, así que seguí,
sin la falsa sonrisa con que suelo saludar a Cacho, seguí, pensando en el
perro, en el Beatle, en Cacho, en el semáforo, en el cigarrillo, en mi ex. El
cigarrillo, ahora dormido sobre un suelo frío y húmedo, un suelo que en nada se
parece a mis labios, suaves en algunas épocas, hoy ásperos, el paso del tiempo
y el clima no ayudan. Pensé otra vez en su olor, en el placer de esa pitada, y
en las monedas perdidas al tirarlo.
Llegue a mi casa, saque
de mis bolsillos, cada vez más grandes para tan poca plata, la llave, se me
cayeron unos 10 centavos, me acorde de una amiga “la levanto porque si no es
mala suerte”, riéndome de mí, la levante, pensando en la mala suerte, volví a
reírme y me la guarde.
Entre a la casa, si el
suelo donde ahora se aloja mi Malboro
era frío y húmedo, mi casa era una cascada de hielos. Mire la mesa, que triste
mesa, ideal para una foto de ausencia: un atado de cigarrillos vacio, un plato
sucio, un tenedor con las puntas dobladas, folletos que acepte en la calle de
lugares a los que nunca voy a ir, y un blíster de aspirinas, también vacios.
Mire el sillón, aburrido
como pocos, negro con flores rosas grandes, de esos de serie yanquis viejas,
sucio por el uso, y el desuso, inventado para tres, usado por uno. Con la marca
misma de mi ser, de mi forma de sentar, de mi cabeza apoyada pidiendo un poco
más de velocidad, reposada aprovechando al máximo la televisión. Me sentaría a
pasar el tiempo pero el cable no anda, dicen que es un problema de red, va, eso
dijo mi vecino, que tan amable me comento: “llamaron y dijeron que hay
problemas de red, algo así, vio yo no entiendo nada, pero ya lo van a
solucionar, no se haga drama”, inocente, claro que nadie me llamo, si mi cable
lo paga usted, y esa soguita que pasa de su patio a mi casa es su cable, su
empresa, su dinero, mi placer.
Intente pasar el tiempo
recostada en mi cama, pero el reloj no avanzaba y el ruido de ese despertador
que al comprarlo me pareció tan tradicional hoy logra alterarme aún más. Decidí
dejar mi pieza y el reloj por un poco de queso y pan, oportuna heladera que me
saluda con imanes de locales de comida rápida como diciendo “no la abras, ya
sabes lo que hay”, por inercia y con un poco de ilusión la abrí, encontré lo
mismo que hoy a la mañana, que ayer a la noche, que el martes a la tarde: una
leche de sache mal cortada en una olla, me pregunto dónde estará la jarra que
compre para esas ocasiones en las que la comodidad sea subordinada por el
dinero, un plato de fideos duros, secos y amarillos, un poco de manteca buen
compañero algunas veces, y otras veces un gran irónico. Cerré. Los imanes aún
estaban ahí, pero mi sueldo también, por ende quite la vista, agarre las
llaves, volví a chequear el atado de cigarrillos (creo que debe ser un síndrome
parecido al de la heladera, este más dañino). Y salí. Camine. Trote. Y volví a
caminar.
Pase por el kiosco de
Cacho que quiso hacer la misma rutina, lo ignore, pase por el semáforo y mis
dudas, pase por todo una y otra vez, pase por la calle del perro, lo busque:
¿Dónde está? No importa, no hay tiempo (otra costumbre maldita, ahora el tiempo
me sobraba). Camino en la misma dirección que el perro. Me cruce a una señora,
a una madre, a una hija, a una amiga, a una amante, a una esposa, todo lo mismo,
una sola persona en todo el camino. Supongo que hasta el mundo me quiere
demostrar una y otra vez lo mismo: “esto es demasiado grande para estar sola”.
Lo vi pasar, estoy
segura, respire, corrí, lo alcance, lo vi, estoy segura, es él. Me escondí, me
calme, me volví a poner nerviosa cuando un hombre me miro, no como antes cuando
me indignaba la mirada codiciosa, sino que me miro con cierta incredibilidad,
yo ahí, agachada, atrás de un arbusto, con el pelo corto y una colita, con las
uñas sucias y un anillo que me recordaba las mejores épocas. Lo mire, fijo,
estaba ahí, era él, decidí salir, gritar, llorar.
“¡ACA ESTOY!”Grite, el
perro me miro, se alejo, pero siguió a mi alcance. Me calle, le quise dar a
entender que fue un exabrupto, que no soy siempre así, que fue la emoción. Me
miro con indiferencia felina, pero con una sorpresa clara de un can. Me acerque
despacio, no quise hacer ruido. Él se acerco, también despacio, supongo que mi
grito aún le retumbaba en la cabeza. Paso delante de mí, me miro, una y otra
vez, sus ojos se congelaron en mis ojos, nos miramos, nos conectamos, nos
entendimos, él supo todo de mi en una simple mirada, y yo nada de él, me
conoció, me juzgo, me tuvo, yo no. El me entendió, me examino, me conoció, yo
lo vi, lo desee sin conocerlo, él con todo su conocimiento, el máximo que
alguna vez tuvieron de mí, dio vuelta su hocico y se alejo. Lentamente, como
demostrándome que se podría quedar, que no tiene prisa, su único objetivo es
alejarse de mí, olvidarse de mí, y de todo el tiempo que me llego a conocer.
Saque del bolsillo mis
llaves, hice ruido para captar su atención. Giro rápidamente, vio las llaves,
supo lo que le quise decir: “todo lo que tengo es tuyo, mi corazón, mi casa, mi
leche mal cortada, mi sillón viejo, mis fideos y mis folletos, mi ser y todo lo
que esté a mi alcance”. Aún así me miro, solo hizo eso, compartió un rato
conmigo, supo de lo que era capaz, supo lo que era, y me dejo, esta vez sabía
que al darse vuelta no tendría nada que ofrecerle, y yo era consciente que esa
vuelta era la última, la más dura, la más memorable.
Esta vez llore yo, con
lágrimas de humano, con lágrimas sensibles. Di la vuelta, pase por el camino
inverso, por el lugar de nuestro primer encuentro, el cigarrillo aún estaba
ahí, tan entero, tan lleno, tan complementario, lo levante del suelo, tocaron
mis labios, la gloria para ellos, pasar del frio eterno al fuego propio, a mi
fuego. Una pitada, respire hondo, pise, pero esta vez solo el suelo, camine
pase por el kiosco de Cacho, pero esta vez me frene, le pregunte cuanto salía
la revista, el precio lo sabía solo quería hablarle, me pregunto cómo andaba me
reí y le dije “usted?”, no escuche la respuesta, no me interesaba, fingí que
si, seguí caminando, llegue a mi casa. Puse las llaves, un giro, dos giros,
estaba adentro, con mi leche, mi sillón, mis folletos, y mi lugar. Apague el
cigarrillo en la caja vacía que estaba en mi mesa, estática, la queme, dándole
así un buen final a mi cigarrito. Fui a mi cama, cerré los ojos, dibuje un
cilindro, tres patos, una casa con un perro al frente, un nene con un
barrilete, un árbol, mi vida. Me apague como el cigarro, esperando que alguien
me despierte una vez más para esta vez sí tener un buen final.
lunes, 12 de marzo de 2012
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