domingo, 17 de junio de 2012

Tercer domingo de junio.


Cuando un niño agarra por primera vez el dedo de su padre, lo tiene atado para siempre.


            Hace más de 20 años que te recibiste, que te ganaste el título ¡Felicidades!
¿Será verdad? ¿Tendré tu dedo agarrado para siempre? ¿Lo abre agarrado alguna vez?
            Mi hermana me despierta acelerada: ¡Dale nena!, me grita con sus 15 años, 15 años no de ahora, los de antes, lo de los 90. Ese nena de programa de Cris Morena todavía resuena en mi cabeza. Para ella era súper canchero, para mis viejos irritable, para mi admirable.
            Me baja por las escalaras casi a los empujones, me apura, para mí el tiempo no tiene mucho sentido todavía yo tengo recién 8 años. Miro la cocina con intención de sentarme en la mesa, así como cada mañana antes de ir al colegio, dispuesta a tomar el líquido que me pongan en la tasa y salir.
            Pero esta vez hay algo distinto. Está mi hermano exprimiendo naranjas “¿Qué estará haciendo me pregunto? Me dan ordenes los dos, mi hermana con sus 15 lleva la batuta y mi hermano con sus 13 delega las ordenes a mí, igual bajito para que la policía quinceañera no nos escuche. 
            Escribí tu nombre en el dibujo”. No hacía falta ese garabato tenía ya mi nombre en cada trazo, y con cada línea infantil había dicho mucho más que de lo que hoy puedo decir en una carta.
            Mi hermana parecía grande ese día, mi hermano parecía serio. Éramos una empresa, una empresa familiar.
            Vi la carta que le había hecho mi hermana, llena de palabras, me aburría. Mi hermano otra vez lo mismo, una historieta que poco tiene que ver con ser padre o ser hijo, sólo de humor. ¡Cuánto dirían estas cosas en un futuro!
            El jugo estaba terminado, parecía rico, quise probarlo, no me dejaron. Los dos gritaron; ¡No! No es para vos…” Yo lo sabía eso, pero sólo quería un poquito un poquitito.
            Ahí estaba terminado. La bandeja: con un vaso de jugo recién exprimido, un café, una porción de torta comprada especialmente, medialunas, bombones (no se en que lógica estaba basado ese desayuno), y tres cartas. El dibujo, el comic, y la carta propiamente dicha.
            Nos miramos como orgullosos de nosotros mismo, nos hicimos señas de ser sigilosos, agarramos una bolsa que nos dio mi mamá, después me enteraría que tenía un sweater, que aburrido pensé en ese momento; siempre que alguien me regalaba ropa a esa edad me parecía anticuado.
            Subimos en silencio, ahora que recuerdo los escuche hablar, abrimos la puerta al grito de ¡Feliz día!. Ambos parecían dormidos después con los años también me enteraría que esa fue una de las primeras actuaciones de las tantas que vendrían.

¡Feliz día padres!

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