Las
mudanzas también tienen ese no se que… esperanzador.
Esa
sensación que te llena de ilusión, como si de repente, pudieras vaciar todo,
borrar todo, limpiar todo, tirar algunas cosas como el asesino perfecto sin que
queden recuerdos, resaltar algunas otras aunque sea una medalla de “premio al
esfuerzo” y así arrancar de nuevo.
Un lugar vacio. Sin nada. Tu voz hace eco. Hace frió. El piso
brilla y la manija tiene pinta de que todavía no te conoce, no sabe que dentro
de poco le vas a dar los portazos más molestos y más lindos que vienen con ser
joven.
El placard no tiene nada, ni suciedad. La ventana está limpia,
tan limpia que cuando miras a través de ella no te lleva a ningún lugar.
Te sentas en el lugar donde supones o queres que en algún
momento este tu cama. Miras las paredes e imaginas los cuadros que jamás vas a
comprar, primero por vagancia, después por poco presupuesto. Visualizas la cama
desarmada, la radio prendida fuerte, tu computadora apoyada en el escritorio al
lado de una taza de café de la mañana, y respiras.
Respiras porque supones que falta poco para que ese lugar vacio
se haga tu lugar. Y con ese hacerse tu lugar te llenas de esperanzas que ese
lugar sea un poco el lugar de la persona que queres ser y no de la persona que
fuiste… y la que lamentablemente sos.

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