Nadie sigue igual después de
atravesar una guerra.
Nacimos con la guerra. Ellas
construyeron nuestros países, ellas los fueron modificando, ellas los seguirán
lastimando. Donde sea que hayas nacido, tu país seguramente vivió una guerra,
sufrió una.
Enviamos soldados, nos devuelven,
en los mejores casos, héroes y para desgracia de esas madres que lloraron sus
partidas nos devuelven muchas veces cajones, con una cruz, una estrella o un lo
que sea sobre la bandera. Aquellos que vuelven sin vida, sin dudas no serán los
mismos, es más dejaron injustamente de
ser. Aquellos “afortunados” por así decirlo, o estrategas, habilidosos, esos
que vuelven con vida, y con condecoraciones, esos, tampoco son lo mismo que
eran.
Ver, escuchar, sentir, la muerte
de otro cambia. Vuelven con heridas que nosotros, los que nunca fuimos a la guerra
podemos ver. Vuelven amputados, sordos de tantas explosiones, y con cicatrices
que albergan más de mil anécdotas. Esas son las heridas que vemos nosotros, los
que sólo podemos ver lo superficial. Ahora, hay otras heridas, heridas que solo
ellos pueden ver, pero muchas veces no quieren, el dolor es tan profundo que
prefieren cegar los ojos del alma.
El dolor de perder un amigo, el
dolor de ver cómo queda atrás alguien con quien conviviste, el dolor de matar a
alguien que tiene tu edad, un color de pelo parecido, es más, te hace acordar a
alguien cuando lo ves, ahí, tieso sobre la tierra, se podría decir que es igual
a vos… sólo una cosa los diferencia, la bandera que los mando allí.
¿Hay cura? Hay heridas que no
tienen sanación, que nadie puede curar ni el mejor cirujano, ni el mejor
psicólogo. Son heridas tan profundas que ni el tiempo, ni el olvido, ni
siquiera un alzhéimer violento podrán
hacer olvidar.
Luego están los otros, los que no
van, los que viven la guerra desde una televisión, una radio o un diario. ¿La
viven? ¿Y sus heridas? Esas heridas que
se van generando minuto a minuto, con cada informe sobre la guerra, cada nombre
de caído es un alivio con culpa, respira la señora cuando escucha: “no es mi
hijo” piensa y luego la culpa la mata, ese también es hijo de alguien.
Las heridas las genera en este caso
el no poder hacer nada, el ser espectador del peor show de la humanidad. El
asesinato. Cada víctima es un número, un número frío y doloroso. La gente continúa su vida, desayuna, lee el
diario, va al trabajo y ahí en medio de la hora pico con el tráfico que demora,
en un embotellamiento se insulta, se queja y se piensa egoístamente que dura es
la vida. Como para entretener se prende la radio y ahí se escucha un número que
duele, un número que nos recuerda: estamos en guerra.
Otra vez la culpa mata, millones
mueren de las maneras más terribles, con las balas más cobardes disparadas
muchas veces sin saber bien por qué, y nosotros, nos quejamos del tránsito.
Comenzamos a vivir con culpa.
Miles mueren, otros miles toman helado en la calle. Prometemos entonces para
alivianar nuestra culpa no olvidar a esos héroes, los que vuelven con vida y
aquellos que han sido perpetuados jóvenes. Pero… a veces, y en el mayor de los
casos una nueva guerra nos hace olvidar a los héroes pasados.
La guerra nos marca. Nos marca a
todos. Los niños nos preguntan con tanta ingenuidad y de manera tan sincera por
qué nos matamos entre todos, por qué no, cada uno vive en paz. Y no sabemos qué
responder, porque básicamente nosotros nos seguimos preguntando lo mismo.
Así es, la guerra nos marca a
todos.
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