martes, 3 de abril de 2012

30 años de Perdón.

Perdónalos, eso no es honrar.

      Dudo que sepan lo que es el frío de la misma manera que vos. Supongo que no saben lo que es tener ganas de volver, de dejar de arriesgar la vida, de pensar en una sonrisa que te espera al otro lado del agua. Usan tu nombre para hacer destrozos y no saben que esa violencia insensata fue la que te arranco de tus papás. Si, de tus papas si eras un nene.
      Un nene, un poco más grande que yo, un pibe. Un pibe que tenía esperanzas de ganar, de volver a casa, de abrazar a su familia. Una familia que se quedo con ganas de un último abrazo, de un último beso. ¿Dónde quedaron los abrazos ayer? ¿No entendiste nada de la hermandad?
      Tal vez los muchachos de la foto, que hasta son más grandes que vos, no saben que la policía a la que se enfrentaron ayer eran argentinos. ¿Sabrán que esas piedras, esas molotov, esos palos, solo fueron a parar a un destinatario hermano?
      Perdónalos donde quiera que estés, perdónalos si hoy estas acá y los ves. Yo se que un veterano de verdad jamás hubiera hecho eso. Ayer fui un día de dolor, no un día de destrozos. Un día de reconocimiento, no de caras tapadas.
Perdón, pasaron 30 años y todavía no sabemos como honrarte.

domingo, 1 de abril de 2012

Uno nueve ocho dos







No sé quien fue el culpable o quienes fueron. No sé si fue una bota, una “dama” o una mina. Tal vez fue una plaza que grito “por Argentina” o tal vez los medios que te daban victorioso.

No sé cómo amaneciste ese día, no sé si festejaste el discurso, capaz te pareció prepotente, o capaz tenías sueño. ¿Lo escuchaste? ¿Qué pensaste?

649 no pueden responder más, 649 no volvieron. ¿A dónde te mandaron? ¿Y esos 255? ¿Se festejan? ¿Se lloran? Seguramente tenían miedo. ¿Se vieron parecidos? ¿Se vieron distintos? Hoy son una cruz o una estrella en la tierra, tan iguales, tan cercanos. Los acerco su final, uno injusto.

¿En que habrán pensado ese último día? ¿Compartirían pensamiento? ¿El frío? ¿Las ganas de volver? ¿El miedo?

Hoy hace 30 años que no están, quedaron perpetuados en una juventud, en un anonimato, en un número. Hoy son derrota o victoria, hoy son un número injusto entre “ganadores y perdedores”. Merecen más, merecen lo simple, la vida.

Para mí son 904, seguramente no sea la única que lo vea así. Para mí son más, ojala hubiera quedado en un número fijo, y no, como en toda guerra hubiera seguido aumentando en esa época denominada post-guerra donde los ciudadanos se olvidan y los combatientes luchan por sus vidas.

Perdonen a sus gobiernos, a sus Estados, a sus banderas, a sus compatriotas. Por los caídos, por los héroes, por todos.



miércoles, 21 de marzo de 2012

Tecnología hay una sola

"¿Y la gente cree que con esa boludes del blog cambia algo?"
Esa suavidad de madre, esa sutileza de persona que ya abandono la juventud y hoy la mira con recelo. Son "inmigrantes de la tecnología", y si... les duele.
Somos nativos de un mundo globalizado, y ellos que escucharon a Lennon hablar de un mundo sin países esperan que ahora, que estamos "cerca" lleguemos a la paz, y aca nos ven, todo el día en facebook.
Yo también me indignaría, llegas tarde a la mesa y no, no compartiste el mundo, compartiste un post de 9gag. ¡Y para colmo no hay nada más boludo que compartir un post de 9gag!


Bienvenidos al mundo 2.0, odienlo con nosotros, pero pongan "me gusta" en todos lados, esa es la linda hipocrecia 2.0.






lunes, 19 de marzo de 2012

sábado, 17 de marzo de 2012

20 años



En 1992 un hijo de puta quiso arrancar 29 vidas.
No querían placas, ni monumentos, ni tilos; querían vivir.
20 años después solo hay memoria,29 merecen verdad y justicia.



 

jueves, 15 de marzo de 2012

Como un perro dando bola


Quien te dice que mañana no estoy sentada tomando un mate, y todo esto, todo, inclusive las cosas más lejanas, sean un recuerdo, un mal recuerdo.

Un día construyo un árbol, otro día un nene con un barrilete, una casa con un perro en el frente, tres patos, un cilindro, y todo eso porque ya no construyo mi vida.

Un perro caminaba tranquilo, se cruzo conmigo y lloro, lloro con lagrimas como lloramos nosotros los humanos, los sensibles, lloro y me dijo, si solo con ojos, “tranquila, no tengas miedo, todo pasa”. El perro siguió con su camino, yo me frene, fume una pitada más de tabaco, lo tire al piso, respire hondo y lo pise.

Intente pensar un segundo lo que acababa de pasar, me refregué los ojos, mire para los dos lados y cruce la calle, y comencé a caminar, con un ritmo tranquilo, relajado, sereno, para el otro lado.

Mire el semáforo, me indicaba que frene, los autos no pasaban, otra vez dude sobre qué hacer: ¿respetar? ¿A quién si no pasa nadie? Aproveche el tiempo de duda y mire para atrás, el perro no estaba, la calle vacía, cruce.

Pase por el kiosco de siempre, el de diarios y revistas, el de siempre, le sonreí a Cacho, mire las revistas, nada interesante, estaba una que tenía en la tapa a un ex Beatle, tantee mis bolsillos, no había suficiente ni para un caramelo, así que seguí, sin la falsa sonrisa con que suelo saludar a Cacho, seguí, pensando en el perro, en el Beatle, en Cacho, en el semáforo, en el cigarrillo, en mi ex. El cigarrillo, ahora dormido sobre un suelo frío y húmedo, un suelo que en nada se parece a mis labios, suaves en algunas épocas, hoy ásperos, el paso del tiempo y el clima no ayudan. Pensé otra vez en su olor, en el placer de esa pitada, y en las monedas perdidas al tirarlo.

Llegue a mi casa, saque de mis bolsillos, cada vez más grandes para tan poca plata, la llave, se me cayeron unos 10 centavos, me acorde de una amiga “la levanto porque si no es mala suerte”, riéndome de mí, la levante, pensando en la mala suerte, volví a reírme y me la guarde.

Entre a la casa, si el suelo donde ahora se aloja  mi Malboro era frío y húmedo, mi casa era una cascada de hielos. Mire la mesa, que triste mesa, ideal para una foto de ausencia: un atado de cigarrillos vacio, un plato sucio, un tenedor con las puntas dobladas, folletos que acepte en la calle de lugares a los que nunca voy a ir, y un blíster de aspirinas, también vacios.

Mire el sillón, aburrido como pocos, negro con flores rosas grandes, de esos de serie yanquis viejas, sucio por el uso, y el desuso, inventado para tres, usado por uno. Con la marca misma de mi ser, de mi forma de sentar, de mi cabeza apoyada pidiendo un poco más de velocidad, reposada aprovechando al máximo la televisión. Me sentaría a pasar el tiempo pero el cable no anda, dicen que es un problema de red, va, eso dijo mi vecino, que tan amable me comento: “llamaron y dijeron que hay problemas de red, algo así, vio yo no entiendo nada, pero ya lo van a solucionar, no se haga drama”, inocente, claro que nadie me llamo, si mi cable lo paga usted, y esa soguita que pasa de su patio a mi casa es su cable, su empresa, su dinero, mi placer.

Intente pasar el tiempo recostada en mi cama, pero el reloj no avanzaba y el ruido de ese despertador que al comprarlo me pareció tan tradicional hoy logra alterarme aún más. Decidí dejar mi pieza y el reloj por un poco de queso y pan, oportuna heladera que me saluda con imanes de locales de comida rápida como diciendo “no la abras, ya sabes lo que hay”, por inercia y con un poco de ilusión la abrí, encontré lo mismo que hoy a la mañana, que ayer a la noche, que el martes a la tarde: una leche de sache mal cortada en una olla, me pregunto dónde estará la jarra que compre para esas ocasiones en las que la comodidad sea subordinada por el dinero, un plato de fideos duros, secos y amarillos, un poco de manteca buen compañero algunas veces, y otras veces un gran irónico. Cerré. Los imanes aún estaban ahí, pero mi sueldo también, por ende quite la vista, agarre las llaves, volví a chequear el atado de cigarrillos (creo que debe ser un síndrome parecido al de la heladera, este más dañino). Y salí. Camine. Trote. Y volví a caminar.

Pase por el kiosco de Cacho que quiso hacer la misma rutina, lo ignore, pase por el semáforo y mis dudas, pase por todo una y otra vez, pase por la calle del perro, lo busque: ¿Dónde está? No importa, no hay tiempo (otra costumbre maldita, ahora el tiempo me sobraba). Camino en la misma dirección que el perro. Me cruce a una señora, a una madre, a una hija, a una amiga, a una amante, a una esposa, todo lo mismo, una sola persona en todo el camino. Supongo que hasta el mundo me quiere demostrar una y otra vez lo mismo: “esto es demasiado grande para estar sola”.

Lo vi pasar, estoy segura, respire, corrí, lo alcance, lo vi, estoy segura, es él. Me escondí, me calme, me volví a poner nerviosa cuando un hombre me miro, no como antes cuando me indignaba la mirada codiciosa, sino que me miro con cierta incredibilidad, yo ahí, agachada, atrás de un arbusto, con el pelo corto y una colita, con las uñas sucias y un anillo que me recordaba las mejores épocas. Lo mire, fijo, estaba ahí, era él, decidí salir, gritar, llorar.

“¡ACA ESTOY!”Grite, el perro me miro, se alejo, pero siguió a mi alcance. Me calle, le quise dar a entender que fue un exabrupto, que no soy siempre así, que fue la emoción. Me miro con indiferencia felina, pero con una sorpresa clara de un can. Me acerque despacio, no quise hacer ruido. Él se acerco, también despacio, supongo que mi grito aún le retumbaba en la cabeza. Paso delante de mí, me miro, una y otra vez, sus ojos se congelaron en mis ojos, nos miramos, nos conectamos, nos entendimos, él supo todo de mi en una simple mirada, y yo nada de él, me conoció, me juzgo, me tuvo, yo no. El me entendió, me examino, me conoció, yo lo vi, lo desee sin conocerlo, él con todo su conocimiento, el máximo que alguna vez tuvieron de mí, dio vuelta su hocico y se alejo. Lentamente, como demostrándome que se podría quedar, que no tiene prisa, su único objetivo es alejarse de mí, olvidarse de mí, y de todo el tiempo que me llego a conocer.

Saque del bolsillo mis llaves, hice ruido para captar su atención. Giro rápidamente, vio las llaves, supo lo que le quise decir: “todo lo que tengo es tuyo, mi corazón, mi casa, mi leche mal cortada, mi sillón viejo, mis fideos y mis folletos, mi ser y todo lo que esté a mi alcance”. Aún así me miro, solo hizo eso, compartió un rato conmigo, supo de lo que era capaz, supo lo que era, y me dejo, esta vez sabía que al darse vuelta no tendría nada que ofrecerle, y yo era consciente que esa vuelta era la última, la más dura, la más memorable.

Esta vez llore yo, con lágrimas de humano, con lágrimas sensibles. Di la vuelta, pase por el camino inverso, por el lugar de nuestro primer encuentro, el cigarrillo aún estaba ahí, tan entero, tan lleno, tan complementario, lo levante del suelo, tocaron mis labios, la gloria para ellos, pasar del frio eterno al fuego propio, a mi fuego. Una pitada, respire hondo, pise, pero esta vez solo el suelo, camine pase por el kiosco de Cacho, pero esta vez me frene, le pregunte cuanto salía la revista, el precio lo sabía solo quería hablarle, me pregunto cómo andaba me reí y le dije “usted?”, no escuche la respuesta, no me interesaba, fingí que si, seguí caminando, llegue a mi casa. Puse las llaves, un giro, dos giros, estaba adentro, con mi leche, mi sillón, mis folletos, y mi lugar. Apague el cigarrillo en la caja vacía que estaba en mi mesa, estática, la queme, dándole así un buen final a mi cigarrito. Fui a mi cama, cerré los ojos, dibuje un cilindro, tres patos, una casa con un perro al frente, un nene con un barrilete, un árbol, mi vida. Me apague como el cigarro, esperando que alguien me despierte una vez más para esta vez sí tener un buen final.